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Espacios para crecer, espacios para vivir

Los espacios que habitamos influyen en nuestros hábitos, nuestras emociones y nuestra forma de vivir mucho más de lo que solemos imaginar. No solo condicionan lo que hacemos cada día, sino también aquello que nos resulta más fácil o más difícil cultivar en nuestra vida. Este artículo explora la relación entre espacio, bienestar y crecimiento personal, y propone una mirada consciente sobre los lugares que habitamos: cómo escucharlos, transformarlos y convertirlos en aliados silenciosos de la vida que queremos construir.



Los lugares que habitamos condicionan mucho más de lo que solemos pensar: facilitan, dificultan o sostienen la vida que estamos llamados a vivir. Nos resulta fácil reconocerlo cuando observamos lugares muy distintos entre sí: no es lo mismo vivir en una gran ciudad que en un pueblo pequeño. No es lo mismo despertar frente al mar que junto a una carretera transitada. No es lo mismo vivir en un barrio lleno de actividad que en una zona tranquila rodeada de naturaleza. 

Cada entorno favorece determinadas experiencias. 

La ciudad puede facilitar encuentros, actividades culturales, acceso a servicios o una vida social más intensa. El campo puede favorecer el silencio, el contacto con la naturaleza, el cuidado de un jardín o un ritmo más pausado. Y entre ambos extremos existen miles de posibilidades distintas. Ninguna es mejor que otra, todo depende de quiénes somos y de lo que necesitamos en cada momento de nuestra vida.


Y, del mismo modo que el entorno de la casa en la que vivimos influye en nuestras actividades del día a día, el interior de nuestra casa también lo hace:

  • Una estantería llena de libros junto a una butaca cómoda favorece la lectura.
  • Un instrumento visible invita a tocarlo.
  • Un escritorio preparado para estudiar facilita sentarse a trabajar.
  • Una esterilla desplegada recuerda al cuerpo que puede moverse.

Influyen los objetos, la cantidad de cosas que hay, la luz, los colores, el orden, la decoración, la distribución del espacio o la sensación general que transmite una estancia. Todo ello participa silenciosamente en nuestra vida cotidiana. Y digo silenciosamente porque a veces no nos damos cuenta de que lo que está bloqueando nuestro bienestar es principalmente el espacio en el que vivimos, o de que ese cambio en nuestro día a día y en nuestro bienestar vino acompañado de un pequeño cambio en nuestro espacio.


Los espacios también cambian con nosotros

No existe un lugar ideal para vivir, ni tampoco existe una distribución perfecta para toda la vida: no necesitamos los mismos espacios cuando vivimos solos que cuando vivimos en pareja, o cuando llegan los hijos pequeños que cuando crecen y comienzan a construir su propio camino. 

En algunas etapas de la vida, especialmente durante la adolescencia o en momentos de transición, es normal que convivan objetos de una etapa que se está agotando con otros que anuncian una nueva etapa que comienza. Entonces la gran cantidad de objetos, el desorden y la desarmonía tienen sentido. Porque durante un tiempo necesitamos ambos mundos, y necesitamos ese aparente “caos” para poder crear nuestro nuevo universo. Más adelante, poco a poco, algunas cosas dejan de tener función y otras empiezan a reclamar espacio. Entonces será importante vaciar algunos objetos para dar lugar a otros, y recuperar cierto orden y estructura que nos permita vivir la siguiente etapa de forma plena.


La necesidad de elegir

Cuando el espacio es abundante, resulta más fácil que cada actividad encuentre su lugar.

  • Una habitación para descansar.
  • Un estudio para estudiar.
  • Un taller para crear.
  • Una biblioteca para leer.
  • Una sala para compartir.
  • ...

Pero cuando el espacio es limitado, necesitamos elegir con mayor consciencia qué lugar ocupa cada cosa. Y si observamos nuestro entorno, es posible que descubramos que muchas personas viven hoy en espacios más reducidos que los que habitaron generaciones anteriores. 

Hoy en día, en la mayoría de hogares necesitamos elegir de forma consciente aquello que nos sentimos llamados a vivir, crear pequeños rincones para aquello que es importante para nosotros y revisarlos cuando nosotros cambiamos, porque nuestras necesidades cambian, nuestros intereses cambian, nuestra vida cambia... Y los espacios que nos sostienen también necesitan hacerlo.

De algún modo podemos decir que configurar el espacio es configurar la vida. Por eso, cuidar un espacio no es solo una cuestión estética, tampoco es una cuestión de orden perfecto. Es una forma de preguntarnos:

  • ¿Qué necesito en este momento?
  • ¿Qué quiero cultivar en mi vida?
  • ¿Qué actividades, relaciones, proyectos o hábitos quiero favorecer?

Y a menudo transformar un espacio es una manera de facilitar una transformación interior. Porque los hábitos necesitan un lugar donde arraigar, y porque el entorno puede convertirse en un aliado silencioso de la vida que queremos construir. alineando espacio, hábitos y sentido.


Preguntas para pensar...

¿Qué actividades favorecen actualmente tu casa?

¿Qué actividades dificulta?

¿Qué objetos siguen ocupando espacio aunque ya no formen parte de tu vida?

¿Qué rincones apoyan tu bienestar?

¿Qué espacio necesitaría la persona que estás llamada a ser?

¿Y qué pequeño cambio podrías hacer hoy para acercarte a ella?



¿Y si parte de la vida que anhelamos ya estuviera esperando un lugar donde crecer?

A menudo pensamos que los cambios importantes comienzan con grandes decisiones, con un esfuerzo extraordinario o con una transformación profunda de nuestra manera de ser. Pero muchas veces la vida avanza de una forma más sencilla: 

  • Un libro en la mesita de noche y empezamos a leer una novela que nos toca.
  • Una esterilla visible y empezamos a estirar el cuerpo cada mañana.
  • Un rincón se vacía y aparece espacio para crear.
  • Una mesa se despeja y la mente comienza a ordenarse.
  • ...

Los espacios no cambian nuestra vida por sí solos. Pero pueden facilitar, sostener y recordar aquello que es importante para nosotros. Por eso, cuidar el espacio que habitamos es también una forma de cuidar la vida que estamos construyendo. No para controlarla, ni para hacerla perfecta, sino para permitir que aquello que necesita crecer encuentre las condiciones adecuadas para hacerlo.


Porque, al igual que una semilla necesita tierra, agua y luz, nuestros proyectos, nuestros hábitos y nuestra forma de vivir también necesitan un lugar donde arraigar.


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Y si este tema te ha resonado y ha despertado en ti nuevas reflexiones o inquietudes, puedes escribirme. Me encantará leerte y, si el ritmo de la vida nos lo permite, seguir la conversación.

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Cuando la contemplación era un oficio
Sobre el arte de escuchar la vida y volver a habitarla con consciencia