Cuando pensamos en agotamiento laboral, solemos pensar en todo lo que hacemos: demasiadas tareas, demasiadas horas, demasiadas responsabilidades, poco descanso, falta de límites, una agenda que nunca termina de vaciarse... Y, por supuesto, todo eso importa. Pero hay otro cansancio mucho menos visible que no siempre aparece en nuestra lista de cosas que necesitamos cambiar.
Es el cansancio de todo lo que ocurre por dentro mientras trabajamos, cosas como:
- Preocuparte por cómo te están viendo.
- Revisar una y otra vez si lo estás haciendo suficientemente bien.
- Pensar demasiado una respuesta antes de enviarla.
- Dar más explicaciones de las necesarias.
- Intentar anticiparte a lo que los demás esperan de ti.
- Aceptar algo que no querías aceptar para evitar incomodar.
- No atreverte a pedir ayuda.
- Sentir que necesitas demostrar constantemente que eres válida, responsable, competente, comprometida.
Nada de eso aparece en la agenda, pero también consume energía. Y mucha.
El trabajo invisible que hacemos mientras trabajamos
Imagina dos personas realizando exactamente la misma tarea. Desde fuera, hacen lo mismo, pero una puede terminarla, entregarla y continuar con su día. La otra quizá la revisa varias veces, se pregunta si estará suficientemente bien, piensa qué opinará quien la reciba, vuelve a abrirla unas horas después, detecta algo que podría haber hecho mejor, se reprocha no haberlo visto antes...
La tarea era la misma, pero el gasto de energía no. Porque trabajar no consiste únicamente en las acciones que realizamos, también “trabajamos” relacionándonos con nosotros mismos, con los demás y con lo que creemos que se espera de nosotros. Y cuando esa relación está atravesada por la autoexigencia, el miedo al juicio o la inseguridad, una jornada aparentemente normal puede convertirse en una jornada emocionalmente agotadora.
Autoexigencia: cuando hacerlo bien nunca parece suficiente
La autoexigencia puede resultar difícil de detectar porque a veces se confunde con responsabilidad, compromiso o profesionalidad, pero no son lo mismo. Puedes querer hacer bien tu trabajo sin necesitar hacerlo todo perfectamente, puedes ser responsable sin sentirte responsable de todo, puedes implicarte sin estar siempre disponible, puedes cometer un error sin convertirlo en una medida de tu valor profesional.
La diferencia quizá no esté tanto en cuánto haces como en desde dónde lo haces. Cuando la acción nace de un criterio interno razonable, puede ayudarnos a crecer, aprender y mejorar, pero cuando nace del miedo (el miedo a equivocarnos, a decepcionar, a que nos critiquen, a no ser suficientes...) puede mantenernos en una especie de vigilancia permanente. Y vivir permanentemente vigilándonos a nosotros mismos agota.
El miedo al juicio también trabaja ocho horas
A veces llegamos a casa cansadas y pensamos que necesitamos organizarnos mejor, sin darnos cuenta de que tal vez una parte importante del agotamiento no es por la cantidad de tareas que hemos realizado, ni porque no nos hayamos organizado bien. Quizá lo estamos haciendo todo y suficientemente bien, en tiempos adecuados... pero acabamos agotadas porque a todo eso le añadimos una “tarea de fondo”, como un programa funcionando en segundo plano en un ordenador, que va intentando resolver preguntas que no tienen una respuesta clara como:
- ¿Pensarán que no me estoy implicando?
- ¿Debería haber contestado de otra manera?
- ¿Estarán satisfechos conmigo?
- ¿Y si digo que no?
- ¿Y si pido esto y piensan que soy poco profesional?
Cuando necesitamos continuamente señales externas que nos confirmen que lo estamos haciendo bien, gran parte de nuestra atención queda atrapada fuera de nosotros. Nos adaptamos, nos anticipamos, nos explicamos... y poco a poco podemos ir alejándonos de una pregunta importante:
¿Qué necesito yo para poder estar bien aquí, hacer bien mi trabajo y seguir viviendo cuando salga de él?
Adaptarte demasiado también puede agotarte
Adaptarnos es una capacidad humana necesaria: nos permite convivir, colaborar, negociar y formar parte de un grupo. El problema aparece cuando adaptarnos implica dejar de escucharnos:
- Cuando decimos sí antes de comprobar si realmente podemos.
- Cuando asumimos tareas porque sentimos que negarnos generará conflicto.
- Cuando evitamos expresar una necesidad legítima.
- Cuando modificamos continuamente nuestra manera de actuar para intentar encajar en las expectativas de los demás (que a menudo ni siquiera hemos confirmado!).
A veces hablamos de poner límites como si consistiera únicamente en aprender a decir “no”, pero quizá algunos límites empiezan antes, cuando somos capaces de reconocer que estamos cansados, de dejar de justificar todas nuestras necesidades, de aceptar que alguien puede no estar de acuerdo con nosotros, de interpretar el decepcionar ocasionalmente a otra persona con haber hecho algo mal y cuando empezamos a confiar en nuestro propio criterio aunque no recibamos constantemente aprobación externa.
Entonces, ¿el problema está en mí o está en mi trabajo?
Probablemente pueden estar ocurriendo ambas cosas.
Hay trabajos con una carga excesiva, organizaciones que funcionan mal, condiciones precarias, ambientes poco saludables o responsabilidades que sencillamente no son sostenibles. Mirar hacia dentro no debería servir para responsabilizarnos individualmente de situaciones que necesitan cambios externos.
Pero tampoco debemos obviar que nosotros tenemos un margen de actuación importante para conseguir estar mejor. Desde cambiar patrones internos y creencias que nos permitan vivir el trabajo con un mayor bienestar, hasta proponer mejoras laborales que puedan ser viables sin dejar de hacer bien tu trabajo.
A veces, nos quedamos en el mismo trabajo, porque tiene aspectos que valoramos difíciles de igualar en otros trabajos (como podría ser conocimiento de la empresa, antigüedad, conocimientos técnicos, sueldo...), y cambiando patrones internos, junto con pequeños ajustes en el trabajo, permiten un equilibrio muy bueno.
Otras veces, en cambio, cambiar de trabajo puede ser una forma de conseguir mejores condiciones laborales, o un mayor ajuste con las necesidades o intereses de la persona en ese momento... Pero siempre revisando previamente los patrones y detectando qué es realmente lo que nos mueve a hacer el cambio. Porque no siempre que cambiamos de trabajo a otro con mejores condiciones, nos sentimos a gusto. En ocasiones, con el tiempo volvemos a sentirnos mal, porque tal vez seguimos queriendo hacerlo todo bien, seguimos teniendo dificultades para decir que no, seguimos sin una brújula interna que nos dé criterio para decidir cuándo está suficientemente bien y cuándo es suficiente...
Por eso, antes de concluir que necesitamos cambiarlo todo, quizá valga la pena pararnos y observar con curiosidad y sin juicio las dos dimensiones: el trabajo y cómo me relaciono yo con él.
Preguntas para pensar…
- ¿Y si no necesitáramos esforzarnos tanto para seguir haciendo bien nuestro trabajo?
- Cuando terminas tu jornada laboral, ¿te cansa más lo que has hecho o todo lo que has pensado y sentido mientras lo hacías?
- ¿En qué situaciones aparece con más fuerza tu autoexigencia?
- ¿Cuánta energía dedicas a prever o imaginar posibilidades que no suelen hacerse realidad?
- ¿Qué cosas haces por responsabilidad y cuáles haces por miedo a decepcionar o a la crítica?
- ¿Qué necesitarías pedir, expresar o dejar de hacer si confiaras un poco más en tu propio criterio y en todo lo que ya aportas a tu trabajo?
- ¿Y qué parte de tu agotamiento necesita realmente un cambio externo… y qué parte podría empezar a transformarse dentro de ti?
Tal vez recuperar energía no consista únicamente en hacer menos, sino en dejar de hacer tanto por dentro mientras lo hacemos y empezar a trabajar desde un lugar algo más tranquilo, más presente y con más confianza. Sin implicarnos menos, sino que nuestra implicación no nos cueste tanta energía, tanta vida.
Si este tema te ha resonado y ha despertado en ti nuevas reflexiones o inquietudes, puedes escribirme.
Me encantará leerte y, si el ritmo de la vida nos lo permite, seguir la conversación.